Un nombre que empieza por "A"

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Aún recuerdo aquél mono vaquero que llevabas el día que te conocí. Acabábamos de comprar el apartamento y era mi primer día en el parque, así que me acerqué a vuestro grupo y me paré a observaros jugar. Fuiste la única que se fijó en mi, la única que se acercó y, sujetando sus tirantes, me dijo que si quería jugar con vosotros.


Pronto nos hicimos inseparables. Fue un verano inolvidable, de esos que marcan a un chico de 12 años para que no lo olvide nunca. Descubrimos juntos juegos, me diste lecciones sobre insectos y fauna local y, entre bichos y conchas marinas, nos dimos nuestro primer beso, casi sin darnos cuenta.


No olvidaré tampoco el día en que te fuiste, sin avisar, por algún asunto familiar que os hizo partir inesperadamente. Casi no me moví cuando vi el coche marcharse, reaccionando sólo cuando asomaste tú cabeza por una ventanilla para gritarme una frase de la que sólo pude entender un “espérame”.


Seguí veraneando en el mismo sitio y nunca volviste, así que, tras algunos años perdidos, decidí dejar de esperar y comenzar a buscar. Supe que te habías trasladado a la ciudad y que estudiabas algo relacionado con la danza contemporánea, lo cual me facilitó encontrar tu nombre en un listado de estudiantes primero y en un buzón después.


Estaba dentro de lo posible encontrarme una puerta cerrada, incluso que ya no te alojases en aquella dirección, aunque gracias a una vecina pude saber dónde te encontrabas... maldito conductor ebrio. No dejé de visitarte cada año el mismo día del mes de agosto. Al principio, para decirte cuánto te echaba de menos, aunque casi sin darme cuenta te iba confesando mis inquietudes, hablando de mis hobbies, de mis amigos e incluso de aquella chica nueva del trabajo.


Y así, dejé de ir. Hice mi vida y he sido muy feliz en ella. Ahora, el blanco es el color predominante en mi cabeza y me encuentro en una fría cama de un hospital. Mis nietos e hijos me observan como quien ve a un loco, a un viejo que habla solo de algo que sólo él conoce. Incluso puedo oír un “se le ha ido la cabeza”.


He tenido una vida plena, satisfactoria, llena de emociones y con una familia a la que adoro. Ahora, que ya he hecho todo lo que tenía que hacer aquí y me he despedido de los míos no puedo evitar acordarme de ti. Se que estás en algún lugar, perdida, buscándome, pero pronto estaré allí, en el sitio donde nos conocimos.


Esperándote.

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